
A través de la historia, encontramos que la paz ha sido siempre evasiva. Las guerras han sido conducidas, entre personas, por territorios, recursos, poder y creencias políticas y religiosas. Ya sea que las guerras fueran comenzadas por los gobernantes de las naciones o por sus electores, la creencia ha sido que la conquista de los demás les trae satisfacción a los conquistadores. Los promotores de las guerras se equivocan al no comprender que la satisfacción de los despojos de la guerra es una mera ilusión.
Esta lección fue aprendida por conquistadores tales como Alejandro el Grande. Cuando yacía moribundo, pidió a sus médicos que le extendieran la vida. Con todos los tesoros que había amasado, el poderoso conquistador fue incapaz de negociar con ellos, la extensión de su vida de tan siquiera una sola respiración. Cuando otro conquistador, el Rey Mahmud de la India yacía en su lecho de muerte, tuvo una revelación. Ordenó que durante la procesión de su funeral, fuera llevado por las calles con sus brazos extendidos y las palmas volteadas hacia arriba para que todos lo vieran. Cuando sus Ministros le preguntaron por qué deseaba hacerlo, el rey respondió: “Quiero que toda la gente vea que cuando nos morimos, no importa cuánto hayamos amasado en esta vida a través de las conquistas y otros medios; finalmente, debemos dejar este mundo con las manos vacías”.
Cuando empezamos un conflicto, lo hacemos con la ilusión de que vamos a ganar algo. Podemos pensar que aquello que vamos a tomar de los demás, ya sea mediante guerras o conflictos regionales, o por cualquier otro medio deshonesto en el trato diario con nuestra familia, vecinos o colaboradores, se agregará a nuestra grandeza. En realidad, cuando dejamos este mundo, todo lo que importa es el bien que hayamos hecho a los demás. En verdad, hay una ley fundamental de la naturaleza (karma), que dice que por cada acción hay una reacción. Así como sembramos, eso mismo cosechamos. El gran Rey Ashoka de la India, durante los primeros años de su liderazgo, comprendió que causarle dolor y sufrimiento a mucha gente era un error. Esta revelación produjo en él un cambio profundo y entonces, comenzó a gobernar con amor y compasión, y esto dio como resultado, una era de paz e iluminación para su país.
Todo lo que amasamos—posesiones, poder, riqueza y fama—son transitorios y están sujetos a la pérdida y la decadencia. No pueden traernos una paz perdurable porque en un instante nos lo pueden quitar. Nuestras posesiones están sujetas a la destrucción, ya sea a manos del hombre o por los desastres naturales. El poder y las riquezas cambian de dueño en lo que dura el parpadeo de un ojo. Nuestros momentos de prestigio y fama pueden fácilmente convertirse en momentos de deshonra. También nuestras relaciones están sujetas a las manos del tiempo cuando perdemos a nuestros amados debido a una enfermedad o la muerte. Si todo lo que ganamos en el mundo es temporal, ¿cuál es el propósito de comenzar cualquier clase de conflicto?
Los santos, fundadores religiosos y líderes espirituales han enseñado a través de la historia, que la verdadera realización está dentro de cada uno de nosotros. La verdadera paz y felicidad son posibles, únicamente, mediante la utilización de los dones espirituales que tenemos internamente. Dentro de nosotros hay un tesoro de Divinidad. Oculto profundamente en cada ser humano se encuentran la sabiduría divina, la inmortalidad, el amor, la luz, la paz y la bienaventuranza. En vez de ocuparnos en conquistar a las demás naciones, debemos ocuparnos de nuestra propia conquista interna para ganar el dominio sobre nosotros mismos. Al hacer eso, podremos encontrar todo el tiempo, un refugio de paz y felicidad dentro de nosotros.
Traer la paz a nuestros pueblos requiere, sin embargo, de un cambio sutil y profundo de la manera como abordamos el conflicto. Aquellos que están en conflicto necesitan moverse desde su posición de intereses (basada en las posesiones materiales), hacia una posición de intereses compartidos, basada en el honor y los valores espirituales. La meditación puede ayudarnos a realizar estos nobles valores. La meditación puede ser practicada por gente de diferentes religiones y nacionalidades.
Cuando nos ponemos en contacto con la realidad interna, comprendemos que la dimensión de nuestro valor no se encuentra en nuestras tierras y riquezas, sino en todo el bien que hayamos hecho en este mundo. Muchos de los que han tenido experiencias cercanas a la muerte, y que fueron revividos debido a las maravillas de la medicina moderna, reportaron que habían pasado por una revisión de sus vidas. Cuando reflexionaron sobre ellas encontraron que lo más importante era el bien que habían hecho. Pudieron sentir el dolor que les habían ocasionado a los demás y el regocijo que habían traído a la vida de otros. Fueron trasformados, por sus experiencias, cuando comprendieron que la dimensión de su mérito consistía en el amor y la bondad que habían traído a los demás. Hay un adagio que dice, que si quieren tomar la medida de un ser humano, no midas el tamaño de su cabeza sino el largo y ancho de su corazón compasivo.
Bien sea que seamos líderes de naciones, religiones u organizaciones, o que seamos ciudadanos que tomamos decisiones en nuestro trato diario con los demás, consideremos la contribución que hemos hecho para la paz mundial. En vez de competir por el poder y el capital, debemos ver cómo podemos compartir con los demás y ver cuán amables y amorosos podemos ser.
Lo que importa no es cuánta comida podemos acopiar
Si dedicamos tiempo a la meditación y al servicio desinteresado, e irradiamos el amor y la paz internos a todos aquellos con quienes nos encontramos, veremos que, en el nuevo milenio, las zonas de conflicto se trasformarán en zonas de paz y de amor.
Concluyo con esta oración:
Que enterremos las armas de la guerra
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